
¿Alguien puede darme la pauta de por qué estos suecos son la banda más homenajeada y, a la vez, más parodiada de la historia? Nadie escapa a ese encanto, capaz de movilizar a encarnizados detractores y de emocionar a trillones de adoradores. Ellos representan un fenómeno que nadie puede ignorar.
Los nombres de Agnetha Fältskog, Björn Ulvaeus, Benny Andersson y Anni-Frid (Frida) Lyngstad formaron el acrónimo “ABBA”, un mote que, al principio, les trajo problemas con una empresa marisquera que, al cabo de unos años, terminarían comprando. Estos dos matrimonios ganaron fama mundial empleando melodías pegadizas, arreglos delicados, letras sencillas y un sonido propio, debido a las armonías de las voces femeninas y el clásico "muro de sonido" estilo Phil Spector. Al crecer su popularidad, el grupo viajó por todo el planeta, al mismo tiempo que se ocupaba de sus familias, soñaba en sueco y grababa álbumes en inglés.
¡Nada más enternecedor! Sus canciones tuvieron un gran impacto, no obstante, en la cima de la popularidad, ambos matrimonios se disolvieron y los cambios en sus relaciones se reflejaron en letras más complejas y composiciones más pretenciosas, que ya no agradaban ni al hijo monaguillo de una maestra jardinera. El grupo experimentó un declive remunerativo y finalmente decidió tomarse un descanso temporal, que se extendió indefinidamente. Pese a esto, permanecieron fijos en las listas radiofónicas y aún hoy continúan vendiendo tres millones de discos por año. Su música fue versionada por artistas de los más diversos estilos y es la base del musical “Mamma mia!”, un suceso inusitado de taquillas.
Pero hubo un tiempo en que estos simpáticos escandinavos, en concordancia con su origen nórdico pagano, fueron una despiadada y desalmada banda de gore-metal. Tiempos en los que muy lejos estaban de entretener a las abuelitas, madres e hijas de familias tipo. Frida salía a escena aullando semidesnuda y blandiendo un trozo de carne en descomposición, y una vez arrodillada, metía su puño en la intimidad de Agnetha, quien no se quedaba atrás. La rubia diablesa, no menos desabrigada, escupía su odio y hacía gestos obscenos al público, incitando al caos y la rebelión. Desgañitaba su garganta, peor que Angela Gossow, de Arch Enemy, vociferando con voz gutural consignas que harían palidecer a un Devin Townsend. Benny, tras incendiar su piano cubierto de púas, pintarrajeaba con spray rojo los graffitis más blasfemos sobre el tétrico telón negro, mientras estimulaba a Björn para que orinara a los fans más cercanos al escenario. Nadie podrá olvidar sus fulminantes solos guitarreros de ultratumba, de un volumen ensordecedor, que dejaban pasmado al auditorio. Sí, tiempos que mejor sería dejarlos en el olvido, pero que, sin embargo, dieron la perfecta excusa para que la banda se pasase rápidamente a las filas del euro-pop.
Bueno, ahora, en serio...
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Los nombres de Agnetha Fältskog, Björn Ulvaeus, Benny Andersson y Anni-Frid (Frida) Lyngstad formaron el acrónimo “ABBA”, un mote que, al principio, les trajo problemas con una empresa marisquera que, al cabo de unos años, terminarían comprando. Estos dos matrimonios ganaron fama mundial empleando melodías pegadizas, arreglos delicados, letras sencillas y un sonido propio, debido a las armonías de las voces femeninas y el clásico "muro de sonido" estilo Phil Spector. Al crecer su popularidad, el grupo viajó por todo el planeta, al mismo tiempo que se ocupaba de sus familias, soñaba en sueco y grababa álbumes en inglés.
¡Nada más enternecedor! Sus canciones tuvieron un gran impacto, no obstante, en la cima de la popularidad, ambos matrimonios se disolvieron y los cambios en sus relaciones se reflejaron en letras más complejas y composiciones más pretenciosas, que ya no agradaban ni al hijo monaguillo de una maestra jardinera. El grupo experimentó un declive remunerativo y finalmente decidió tomarse un descanso temporal, que se extendió indefinidamente. Pese a esto, permanecieron fijos en las listas radiofónicas y aún hoy continúan vendiendo tres millones de discos por año. Su música fue versionada por artistas de los más diversos estilos y es la base del musical “Mamma mia!”, un suceso inusitado de taquillas.
Pero hubo un tiempo en que estos simpáticos escandinavos, en concordancia con su origen nórdico pagano, fueron una despiadada y desalmada banda de gore-metal. Tiempos en los que muy lejos estaban de entretener a las abuelitas, madres e hijas de familias tipo. Frida salía a escena aullando semidesnuda y blandiendo un trozo de carne en descomposición, y una vez arrodillada, metía su puño en la intimidad de Agnetha, quien no se quedaba atrás. La rubia diablesa, no menos desabrigada, escupía su odio y hacía gestos obscenos al público, incitando al caos y la rebelión. Desgañitaba su garganta, peor que Angela Gossow, de Arch Enemy, vociferando con voz gutural consignas que harían palidecer a un Devin Townsend. Benny, tras incendiar su piano cubierto de púas, pintarrajeaba con spray rojo los graffitis más blasfemos sobre el tétrico telón negro, mientras estimulaba a Björn para que orinara a los fans más cercanos al escenario. Nadie podrá olvidar sus fulminantes solos guitarreros de ultratumba, de un volumen ensordecedor, que dejaban pasmado al auditorio. Sí, tiempos que mejor sería dejarlos en el olvido, pero que, sin embargo, dieron la perfecta excusa para que la banda se pasase rápidamente a las filas del euro-pop.
Bueno, ahora, en serio...
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El grupo estaba dando sus primeros pasos, perdido en una nebulosa de confusión, buscando lograr su primer hit fuera de la Madre Patria. Así nos encontramos frente a una muy amateur obra que devino en su debut, “Ring ring” (1973), un fracaso en materia de arte, pero no así de ventas locales.
Para empezar, el álbum posee una rareza, que es “Disillusion”, único tema firmado por Agnetha en toda su carrera, y que pudo haber sido un título mucho más adecuado para este disco que “Ring ring”, un temita tan tarado como cualquier reflexión de Iván de Pineda. Aquí reina un desconcertante estilo bubblegum tomado a la chacota (“He is your brother”) y algo de pésimo rock tirado a la marchanta (“Rock and roll band”), basado en los deshechos de los conjuntos que Benny y Björn habían liderado en los 60s.
El otro trauma resulta de las fracasadas vocalizaciones masculinas, que, por suerte, no se repitieron en el futuro. "Me and Bobby and Bobby's brother" y "I saw it in the mirror" son cucharadas de almíbar que se escurren en la boca de Silvia Süller, mientras que la agusanada letra del pegadizo "Nina, pretty ballerina" nos hace sentir que estamos comiendo unas divertidas albóndigas, envueltas en papel higiénico de doble hoja.
Su segundo disco, “Waterloo”, fue otro papelón (igual que el de Napoleón en 1815) que tampoco cuajó en las listas de varios países europeos, a pesar de lo cual, lograron imponerse en el Festival Eurovision 1974. El triunfo definitivo llegaría recién con su tercera placa, “Abba”, con la que forjarían aquella fórmula mágica que los llevaría a ser la agrupación más vendedora de la historia de la música popular, totalizando la friolera de ¡450 millones de discos vendidos!
n
Conclusión: Todavía hay gente que sostiene que ABBA es una basura comercial. Pobres diablos que siguen creyendo que el rock es rebeldía y revolución y que el pop es pura banalidad. Un éxito lo tiene cualquiera, pero ser una banda transgeneracional no es moco de pavo. Acá hubo genialidad. ¿Qué clase de mentecato se animaría a negarlo?
¡Yo, Mecko!
Para empezar, el álbum posee una rareza, que es “Disillusion”, único tema firmado por Agnetha en toda su carrera, y que pudo haber sido un título mucho más adecuado para este disco que “Ring ring”, un temita tan tarado como cualquier reflexión de Iván de Pineda. Aquí reina un desconcertante estilo bubblegum tomado a la chacota (“He is your brother”) y algo de pésimo rock tirado a la marchanta (“Rock and roll band”), basado en los deshechos de los conjuntos que Benny y Björn habían liderado en los 60s.
El otro trauma resulta de las fracasadas vocalizaciones masculinas, que, por suerte, no se repitieron en el futuro. "Me and Bobby and Bobby's brother" y "I saw it in the mirror" son cucharadas de almíbar que se escurren en la boca de Silvia Süller, mientras que la agusanada letra del pegadizo "Nina, pretty ballerina" nos hace sentir que estamos comiendo unas divertidas albóndigas, envueltas en papel higiénico de doble hoja.
Su segundo disco, “Waterloo”, fue otro papelón (igual que el de Napoleón en 1815) que tampoco cuajó en las listas de varios países europeos, a pesar de lo cual, lograron imponerse en el Festival Eurovision 1974. El triunfo definitivo llegaría recién con su tercera placa, “Abba”, con la que forjarían aquella fórmula mágica que los llevaría a ser la agrupación más vendedora de la historia de la música popular, totalizando la friolera de ¡450 millones de discos vendidos!
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Conclusión: Todavía hay gente que sostiene que ABBA es una basura comercial. Pobres diablos que siguen creyendo que el rock es rebeldía y revolución y que el pop es pura banalidad. Un éxito lo tiene cualquiera, pero ser una banda transgeneracional no es moco de pavo. Acá hubo genialidad. ¿Qué clase de mentecato se animaría a negarlo?
¡Yo, Mecko!
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Clip en vivo de "Ring ring". De izquierda a derecha: León Gieco, Raúl Padovani, Susú Pecoraro y Virginia Da Cunha. Esto no es ABBA. Estos son los Tios Queridos de incógnito o The Mama's & the Papa's del Torneo Argentino B.
OTRO EJEMPLAR DEL MISMO TENOR: "Waterloo" (1974).
ANTIDOTO: "Arrival" (1976).





