
La secuencia es en una sala informática futurista, cuyas paredes están manchadas de sangre coagulada. Allí está Eddie, y yo al comando suyo, esperando otro embate sorpresivo de las más despiadadas cyber-aberraciones, fruto de la genética biomecánica peor empleada de la historia (en ideas y dinero, digo).
Por más que apriete las teclas Ctrol+Alt+Afterdeath -que otorgan vida infinita a Eddie-, no logro destruir a todos los monstruos que lo acechan, ya que son muchos y se confunden con nuestros leales compañeros. Pero, esperen… ¡Ahí van tres! Haré que Eddie descargue sobre ellos su arma más letal. Listo. Han muerto. Pero no… ¡Ay, Dios! ¡Eddie mató a Dennis Wilcock, Paul Di Anno y Dennis Stratton! Eran tres agentes de la NWOBHM, leales a nosotros. Pero, bueno, no es tan grave. Escondo a Eddie detrás de un enorme horno crematorio, cuya sola imagen basta para helarle la sangre a uno. Llueven esferas de fuego y Eddie devuelve gentilezas lanzando una gran bola cargada con millones de partículas punzantes. Da de lleno sobre un cuerpo, eso es seguro, pero cuando hago ‘zoom’ sobre el cadáver, me estremezco al ver el resultado. ¡Eddie exterminó a Adrian Smith! La pérdida es importante, pero aún no lo suficiente como para bajarle la moral a las fuerzas del bien. De hecho, errar es humano, como cuando, minutos después, Clive Burr se interpone sin querer entre Eddie y un grupo de mutantes, y éste no tiene más remedio que liquidar a toda la masa para evitar una pérdida mayor.
Las horas pasan. Eddie y yo seguimos luchando, matando cientos de malformaciones infernales, palmo a palmo, episodio tras episodio, y es luego de varios escenarios pavorosos, cuando lo hago ingresar en una zona de patios interconectados por canales de ácido sulfúrico, todo rodeado por una empalizada tapizada de filosas aristas. Desde una plataforma muy elevada, otra figura emerge, y Eddie, rápido como un látigo, arroja la última de sus lanzas mágicas que atraviesa limpiamente el corazón del ser en cuestión. Magistral, Eddie, pero… ¡Espera! Aquello no parece ser lo que realmente es… ¡Oh, no! Esta vez ambos hemos cometido un error imperdonable y Eddie debe reportarlo a la base. El dolor y la consternación se instalan en nuestras filas. Hemos eliminado a Bruce Dickinson, hombre clave de nuestra misión, y todo sueño de gloria parece desvanecerse en nuestro horizonte. Desde la base nos informan de que van a enviar a un tal Blaze Bayley como refuerzo. Ya de entrada, nos damos cuenta de que el enviado (una rara mezcla entre el luchador Atila, de la película “Corazón de León”, y un Gonzalo Bonadeo muy pasado de copas), es un inepto total que flaco favor le hace a la causa.
Muy poco tardo en darme cuenta de que lo mejor que puedo hacer es salir a dar un paseo y dejar este juego estúpido de lado, ya que nada más tiene sentido.
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Las características del “Ed Hunter”, una siniestra idea de Sinthetic Dimension, se plasman en este pésimo álbum de 1998, llamado “Virtual XI”, donde los valores se confunden, donde la dirección artística hace agua continuamente, y donde las fuerzas del bien –la NWOBHM (New Wave of British Heavy Metal)- luchan contra las del mal, encarnadas por esa oscura e infame organización llamada OGOEDS (Old Grave of Extinct Digital Shit).
Tanto el álbum como el juego pasaron sin pena ni gloria por sus respectivas bateas, reafirmando la desacertadísima idea de Steve Harris, ya inaugurada con “The X factor”, su malogrado disco anterior, de transformar a Iron Maiden en una parodia del Heretic 2 o el Doom 3. “Virtual XI” contiene temas larguísimos, algo acostumbrado en Maiden, pero que esta vez resultan carentes de toda marca épica. A pesar de que “Futureal” no es 100% espantosa, no es para nada un buen tema. “The angel and the gambler” es tan tolerable como una estadía de cuatro días seguidos en una cama solar herméticamente sellada, y canciones como “The educated fool”, poseen uno de los peores estribillos jamás escuchados. “The clansman” tiene algunas partes decentes pero los arreglos son imposibles y el estribillo es inaudito, tanto, que ni siquiera Dickinson pudo darle algún brillo cuando la cantó en vivo, tiempo después, lo cual hace que nos demos una pálida idea de cómo fue destrozada en estudio por el mico inservible de Blaze.
¡¡NADA, PERO NADA DE NADA, ES MEMORABLE EN ESTE ÁLBUM QUE NO DEBIÓ HABER EXISTIDO JAMÁS!!
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Pero no hay mal que por bien no venga. A raíz de este fiasco, volvió la formación clásica, y con ella, un nuevo período de gloria. La doncella de hierro, aunque cansada y algo volcada a la nostalgia, sigue cabalgando altiva y orgullosa. Y Steve Harris aprendió la lección que venimos inculcando semana tras semana en este blog: “Cuando no hay nada que decir, es mejor no decir nada”.
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Resumen: Si amás este disco, vos sos un diseñador gráfico que usa Paintbrush, un compositor que usa Music Sculptor, un escritor que usa Wordpad, un arquitecto que usa Corel Draw, o un artista plástico que expone en Fotolog.
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Blaze y sus acólitos en la peor canción de la doncella de hierro. “The angel and the gambler”: un auténtico himno a la mediocridad seudo-apocalíptica, seudo-informática, seudo-metalera, seudo-todo...
OTROS EJEMPLARES DEL MISMO TENOR: "No prayer for the dying" (1990) ó "The X factor" (1995).
ANTIDOTO: "Powerslave" (1984).
