
Existen muchos incautos que aún hoy se preguntan por qué una banda como Jefferson Airplane, que supo ser ícono en los dorados sesentas hippies, se transformó en un grupo de hard-rock comercial pretendidamente progresivo llamado Jefferson Starship, y de este beneplácito –todavía con algo de redención- a la infausta blasfemia apta para todo público denominada Starship.
La música más pasteurizada, homogeneizada, filtrada, estéril y servil, plagada de sucias estrategias del más malintencionado marketing, se da cita en esta oda al lifting curricular, titulada “Knee deep in the hoopla”, aberración que se podría traducir como “Hasta las rodillas en el bullicio”, pero que yo (arbitrariamente… ¡qué me importa!) deseo transcribir como “Hasta el cuello de mierda”. Porque estos sujetos lo estuvieron, ¡y cuán profundo!
(Nota: "Hoopla" se le dice también al juego que consiste en arrojar aros para embocarlos a distancia en distintos obstáculos.)
La música más pasteurizada, homogeneizada, filtrada, estéril y servil, plagada de sucias estrategias del más malintencionado marketing, se da cita en esta oda al lifting curricular, titulada “Knee deep in the hoopla”, aberración que se podría traducir como “Hasta las rodillas en el bullicio”, pero que yo (arbitrariamente… ¡qué me importa!) deseo transcribir como “Hasta el cuello de mierda”. Porque estos sujetos lo estuvieron, ¡y cuán profundo!
(Nota: "Hoopla" se le dice también al juego que consiste en arrojar aros para embocarlos a distancia en distintos obstáculos.)
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Pienso que este pastiche es todavía más execrable que el teen-pop, pues detenta el agravante de haber sido producido por las esquirlas de una banda histórica -luminaria en los festivales de Monterey y Woodstock-, que fue perdiendo su brillo gradualmente, hasta caer en la infamia inapelable que traen conjuntas la desesperación comercial y la falta total de escrúpulos artísticos.
Idea pueril, si las hubo, que funcionó muy bien a la hora de llenar el ávido monedero de sus mentores, pero que quedó en la memoria de los bienintencionados como el paradigma más cabal de lo miope y lo efímero. Música funcional para amas de casa, locutores de campañas proselitistas, y todo aquél que se afana en lograr encumbrados cargos en empresas de venta piramidal. Alimento suculento de radios complacientes, ideales para amenizar juntas de ejecutivos de multinacionales, y hediondo muzak para elegantes paseos de compras destinados a las más altas esferas del poder.
Sólo el estremecimiento que produce el chirrido de una tiza sobre un pizarrón se compara con los atemorizantes números que proliferan en este asco de álbum. Baterías de cartón que emulan handclaps flagelantes, de una obviedad rayana en lo enfermizo (Donny Baldwin), amalgamadas con los sintetizadores más vulgares y genéricos del peor pop de 1985 (David Freiberg), sirven como maltratado andamiaje para disfrazar el tenue bajo (Pete Sears) y la guitarra semi distorsionada tipo hair-metal (Craig Chaquico). Toda esta engañifa sobreproducida se completa con las afectadas voces estereotipadas de Grace Slick y Mickey Thomas, en un modo tan eunuco, que no transmiten más fuerza que un vino blanco de mesa rebajado con agua bendita.
Lo bien que hizo Paul Kantner en no ceder la palabra “Jefferson” a esta estafa, pues Slick y Thomas se la habían disputado para el proyecto. El fallo judicial, en favor de Kantner, obligó a éstos ilusos a continuar simplemente como… ¡Starship!
Idea pueril, si las hubo, que funcionó muy bien a la hora de llenar el ávido monedero de sus mentores, pero que quedó en la memoria de los bienintencionados como el paradigma más cabal de lo miope y lo efímero. Música funcional para amas de casa, locutores de campañas proselitistas, y todo aquél que se afana en lograr encumbrados cargos en empresas de venta piramidal. Alimento suculento de radios complacientes, ideales para amenizar juntas de ejecutivos de multinacionales, y hediondo muzak para elegantes paseos de compras destinados a las más altas esferas del poder.
Sólo el estremecimiento que produce el chirrido de una tiza sobre un pizarrón se compara con los atemorizantes números que proliferan en este asco de álbum. Baterías de cartón que emulan handclaps flagelantes, de una obviedad rayana en lo enfermizo (Donny Baldwin), amalgamadas con los sintetizadores más vulgares y genéricos del peor pop de 1985 (David Freiberg), sirven como maltratado andamiaje para disfrazar el tenue bajo (Pete Sears) y la guitarra semi distorsionada tipo hair-metal (Craig Chaquico). Toda esta engañifa sobreproducida se completa con las afectadas voces estereotipadas de Grace Slick y Mickey Thomas, en un modo tan eunuco, que no transmiten más fuerza que un vino blanco de mesa rebajado con agua bendita.
Lo bien que hizo Paul Kantner en no ceder la palabra “Jefferson” a esta estafa, pues Slick y Thomas se la habían disputado para el proyecto. El fallo judicial, en favor de Kantner, obligó a éstos ilusos a continuar simplemente como… ¡Starship!
Cualquiera de los tres “discuchos” que grabó esta pandilla de delincuentes sonoros, merece la expiación a través del fuego, pero este “debut” se destaca especialmente por contener un superhit que desnuda el costado más emblemático de la estupidez humana. A causa de lo que dice su estribillo: “we built this city, we built this city of rock and roll”, me viene a la memoria el Segundo Mandamiento, que reza “no tomarás el nombre de Dios en vano”, y el cuarto, que refiere a honrar a tu padre y a tu madre. Si consideramos al ROCK AND ROLL como potencial progenitor de estos homúnculos, los comentarios huelgan. Tristemente, aún hoy en día, el temita sigue siendo muy difundido en emisoras de nostalgia, léase “Pop 101.5” o “Blue 105.3”, así como también el otro enorme éxito del siguiente álbum, “Nothing’s gonna stop us now”, que, de manera inaudita, fue nominada al Oscar como mejor banda sonora por el baladí film “Mannequin”.
Las otras penurias del disco son “Sara”, muy influenciada por el sonido synthpop de bandas tipo Alphaville, y la turbia balada “Love rusts”, torpeza mayúscula digna del Grammy a la pelotudez universal. Sólo restaría la mención de “Hearts of the World (Will understand)”, canción que, desde el título, ya nos habla de un perfecto ejemplo de demagogia no exenta de vileza. Todo lo demás podría cuajar con precisión en la ambientación de películas como “Top gun” o “Rocky IV”.
Cómo le habrá remordido la conciencia a Grace Slick -ayer deidad psicodélica y hoy pintora top class (foto)- esta paliza al público pensante, pues años más tarde, ella resucitaría a Jefferson Starship con el culposo apelativo de Jefferson Starship: The Next Generation. ¡Vaya! ¿Next generation? No habrá próxima generación para esta clase de salvajadas. No sé si los chicos de hoy saben muy bien qué es lo que quieren, pero sí estoy seguro de que coinciden en lo que NO, y ésta es una clara muestra de lo antedicho.
Nunca tan bien citadas las palabras de Pete Townshend en “My generation”: “Espero morirme antes de volverme viejo”.
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Consejo: Si amás este disco, podés ir a visitar a Grace Slick a su mansión. Ella te agradecerá que hayas gastado tu precioso dinero en esto, mientras toman el té y juegan a la canasta.
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Mientras me encontraba buscando en You Tube el video de "We built this city", a fin de "amenizar" esta nota, hacía todos los intentos por evitar el vómito. Al mismo tiempo, veía que mi cuñada tarareaba esta canción. La sensación que me produjo semejante contraste de intenciones para con un mismo tema, resume todo el espíritu de este blog.
OTROS EJEMPLARES DEL MISMO TENOR: "No protection" (1987) ó "Love among the cannibals" (1989).
ANTIDOTO: acetilcisteína.
