
El caso que hoy nos toca es una tarea fuera de lo común. Y sumamente dolorosa y funesta, aunque para algunos pueda parecer jocosa.
Se trata, sin dudas, del peor disco que se haya publicado en la República Argentina, y serio candidato a figurar en un top-10 mundial de la especie, capaz de competir, mano a mano, con engendros del estilo del álbum de la princesa Stephanie, de Mónaco, entre otras monstruosidades.
“Primer amor”, de la cada vez más preciosa y más deficiente top-model Nicole Neumann, publicado en 1995, es una sucesión de disparates dignos de una mente adolescente ociosa, una billetera repleta y un espíritu vacío, que a nada conducen, para ser benévolos.
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Un álbum que produce sensaciones encontradas de ternura, de violencia desmedida, de hilaridad y de impotencia (Pienso y pienso en la cantidad de bandas originales y creativas que pugnan por editar su disco, que muchas veces les es negado por algún capo de sello discográfico inescrupuloso que no posee más talento musical que un vendedor de autopartes.).
De todos modos, Nicole intenta dejar aquí algún mensaje para la posteridad, porque, desde el fondo de su corazón, es probable que así lo haya deseado cuando grabó su único álbum hasta la fecha. Pero su “Primer amor” naufraga una y otra vez, a pesar de la correcta interpretación de la banda acompañante, en un mar de fórmulas musicales remanidas y previsibles, incongruencias pseudos-rebeldes, egolatría superlativa de una artista triste (o triste artista), y falsas promesas ecologistas, haciéndola parecerse así a una mala fotocopia de Brigitte Bardot o un fax borroso de Gloria Estefan.
La Neumann compone frases inolvidables en el difundido “Déjate querer”, que fuera también leitmotiv de la serie televisiva Amigovios: “Tenía yo de todo hasta que apareciste, no me faltaba nada, y un día tú te fuiste. ¿Qué pasa entre nosotros? ¿Qué quieres tú de mí? Te quiero a mi lado para hacerte feliz".
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Pocos artistas pueden lograr la ANTI-POESIA y la ANTI-CONCIENCIA, sin proponérselo, casi en forma natural, como cuando expresa en “No quiero estudiar”: “Átomos, moléculas... I wanna go home, y viva la patria, dónde estoy parada, cómo se clasifica la oración, que la única, por las noticias, ¡todas al convento! (?) No quiero estudiar, I wanna go home, etc. Que usar escarapela, que usar gomita azul, triángulo equilátero, mi enfermedad de ser cuadrada, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8… voy a explotar. Vamos todos a estudiar, es lo que debemos hacer. Sería divertido salir a volar. ¡Hagamos paro y vamos ya!”
O la ANTI-HUMILDAD, en “La vida hay que vivirla”: “No soy una agrandada, como algunos piensan, sólo hago mi trabajo como me gusta a mí. Con un caballo alado, volar por la ciudad, y pisotear la gente mala con ganas de molestar. Eso debería hacer, pero estoy llena de bondad, y trataré de entender sus formas de actuar”.
Su voz es literalmente espantosa y ¡desafinadísima! Por tal motivo, muchas veces esa voz está sobregrabada en varias capas, como para confiar en que la resultante pueda alcanzar alguna redención. La música es francamente paupérrima, coqueteando entre un pop ochentista soulero mediocre -estilo Nile Rodgers o Carlos Alomar-, algún lentito, algún reggae insípido, secciones de vientos horribles y solos de guitarra de sesionistas, con menos onda que… (a ver, ¿qué se me ocurrirá ahora…?) ¡un distribuidor mayorista de esencias de vainilla!
¿Por qué existe este disco? Esta es la pregunta que me he formulado mil veces y que supera filosóficamente a aquella de si existe el Más Allá. Dios mío, quiero resetear el mundooo…
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Pero ella no es la absoluta culpable. Los máximos responsables son los productores de esta obra, Daniel Kon y Pancho Dotto (!!!), que promovieron este impune ultraje a las bellas artes, más el jefe de artistas y repertorios de Sony Music, por haber tenido la visión errónea de que el público consumidor es tan idiota como él pensaba. El álbum fue un literal fracaso y pasó a ser objeto de culto de la bizarría, algo que pone a los corporativos de muy mal humor, y a nosotros los cualquieristas, de parabienes.
Llega el último tema, “El príncipe de mis sueños”, y con él las ganas de uno de sentarse junto a la “artista” (supongamos, en el Tren de la Costa), acariciarle el pelo, luego propinarle unas palmaditas en el trasero, y acto seguido, susurrarle al oído con cierta actitud paternal: “Nicky: ¡esas cosas no se hacen!”.
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Conclusión: Si tenés este disco (original, se entiende...), es porque en algún momento fuiste peluquero o una simple víctima de las circunstancias. Pero si sabías de antemano lo que contenía, y lo compraste de todos modos, vos eras un habitué de la ESMA, durante los años de plomo.
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La codiciada blonda cantando "La vida hay que vivirla", con subtítulos en inglés. Mientras tanto, seguiremos aguardando el día en que la artista nos brinde lo que mejor sabe hacer: desnudarse en público por una causa. La que sea...
OTROS EJEMPLARES DEL MISMO TENOR: Guillermo Vilas - "Mil nueve noventa" (1990) ó Stephanie de Mónaco - "Live your life" (1987).
ANTIDOTO: Ludwig van Beethoven - "Sinfonía Nº 9 en Re menor- Coral" (1824).
