The Rock and Roll Hall of Shame

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4/10/07

PINK FLOYD - A momentary lapse of reason


Existe una instancia de discusión amarga acerca de si “A momentary lapse of reason” es un disco de 3 o de 4 puntos. Si es de 3, entonces entra en este blog; de lo contrario, sería perfecto para ganarme varios enemigos en balde.
Lo pienso, lo repienso, lo analizo minuciosamente, hasta que al final me decido, puesto que el promedio final me da 3,27. Es decir 3. ¡Adentro, pues!

El asunto es que, luego de un patético juicio entre David Gilmour y Nick Mason por un lado, y don Roger “War is my life” Waters por el otro, cierto juez concedió la utilización del nombre ‘Pink Floyd’ a los primeros.
A todo esto, Rick Wright andaba con su yate por el Mediterráneo, limpiando con su narizota los restos de cocaína desperdigados por cubierta, fruto de algunas festicholas olvidables. Tan menospreciado había quedado desde las sesiones de “The final cut”, que terminaría regresando a su propia banda en carácter de... ¡invitado! David entonces se decidió a componer un puñado de canciones que justificaran el citado triunfo judicial -y la fortuna invertida-, pero olvidando que Roger no estaría cerca suyo para decirle: “Hey, esto suena demasiado a Alan Parson’s Project. ¡Fijate!”.
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Veamos este engendro, canción por canción: “Signs of life” intenta todo para dar comienzo al álbum en un estilo que imite el efecticismo de “Speak to me”, de “Dark side of the moon”, pero se queda en la inocencia estúpida de unos chapoteos que en realidad recuerdan la decadencia náutica de Rick Wright.
“Learning to fly” es aún hoy un hit radial, bien A.O.R., destinado a oídos de ejecutivos ávidos de probar su Bluetooth. A pesar de ser un número simpático, suena cansado, demasiado maduro y, por momentos, un desesperado grito comercial en la veta alegre de un gerente que sale a trotar por las mañanas con sus zapatillas de U$S 500.
“The dogs of war” es un tema que le queda tan cómodo a Gilmour como un hardcore a Erasure. ¡Dejale esas cosas bélicas a Waters, que al menos tiene la vocación! En fin, “Dogs of war” es de las peores porquerías seudo-duras que haya concebido el género humano, capaz de haber sido compuesta por el más intrascendente miembro del grupo Eagles.
“One slip” tiene, además de una intro demasiado en el estilo de “Time”, una melodía y un ritmo agradables. De última, es buen número comercial, que si estuviese en un solista de Gilmour, merecería mayor atención y mejor suerte que aquí.
“On the turning away” crece y crece en el imaginario estéreo de un carrito de golf Electro Kaddy. Crece tanto que rompe las pelotas sublimemente ya al primer tercio de su solo de siete semanas de duración. Una balada para escuchar con buena predisposición solamente en una sala de reuniones de Unilever.
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Y así llega la segunda parte de este abuso de confianza. Un amigo mío, cierta vez me dijo que lo que sigue a partir de “Yet another movie / Round and round” en adelante, es una mezcla de Kenny G y la música de fondo de la serie “Hunter”. ¿Habrá sido duro por demás? El caso es que es una suite, no de música progresiva caduca y trasnochada siquiera, sino de un hotel de cinco estrellas con paro sorpresivo de personal.
“A new machine” pretende darnos un toque de ciencia ficción a través de ese efecto mogólico de máquina humana francamente detestable. “Terminal frost”, fuera de un bello piano redentor, no tiene absolutamente nada rescatable.
“Sorrow” es monocorde y excesivamente gigantista, donde lo único que finge cierta calidad es el buen sonido pesado y dramático de la guitarra inicial. Pienso que este LP debió haber sido cuando mucho un EP, en el cual yo habría puesto “Learning to fly”, “One slip”, el piano de “Terminal frost” y una versión bastante más corta y rica de “Sorrow”.

EL RESTO ES UNA TOMADA DE PELO A CUALQUIER CULTOR DE ROCK HECHO EN SERIO.

Incluso las letras son complacientes e inmaduras, ya que, no en vano, eran dominio casi exclusivo de Roger Waters. Véase, como ejemplo: "The dogs of war and men of hate / With no cause, we don't discriminate?" ¡Por Alá!
Pero soy ecuánime cuando hay que serlo. Con anterioridad a este disco se editaba “The pros and cons of hitchhiking”, el primer álbum post-Floyd de Roger, que es otra degeneración artística que roza la megalomanía. Asi que... ¡empate!
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Todavía recuerdo cómo corrimos a comprar este disco, en 1987. Era el primero en cuatro años de NADA NUEVO, y el primero en 8 años de NADA BUENO. Recuerdo las caras que pusimos. Esas de desazón que no se olvidan jamás. Éramos tan idealistas, tan jóvenes, tan crédulos...
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Síntesis: Pido a los que tienen y defienden este disco que mediten un poco. Eso los volverá más sabios para poder valorar las auténticos logros del cuarteto de Cambridge por sobre lo innecesario. Es decir, diferenciar un Super-yacht Sport Fishing 35 Royal Flush de un botecito de los lagos de Palermo. En el primero navega taciturno Rick Wright, y en el segundo, el fantasma de Syd Barrett. Pero, ¿quién creen ustedes que ganará la regata?
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Aquí tienen la versión karaoke de "The dogs of war", para regurgitar encima. Ahora imagínense en una reunión de directorio del Chase Manhattan Bank, meneando la cabeza junto a otros accionistas. A ellos les encantaría este número.



OTROS EJEMPLARES DEL MISMO TENOR: "The final cut" (1983) ó "The division bell" (1994)
ANTIDOTO: "The piper at the gates of dawn" (1967)