The Rock and Roll Hall of Shame

29/1/08

OASIS - Standing on the shoulder of giants


Recuerdo que alguien me prestó cierta vez un escrito original impreso desde un archivo de Word. Hablaba de la historia de Noel Thomas, un granjero de la zona central de Inglaterra, a quien se le había ocurrido la excentricidad de agregar leche a las cenizas provenientes de la cremación del cuerpo de su padre, John Winston. Afirmaba que con el brebaje logrado podía alcanzar la más pura sensación de inmortalidad.
Verdaderamente esa historia era por demás de imbécil, pero por alguna razón me imaginé haciendo una fotocopia para regalársela a algún pobre desprevenido, sabiendo que éste haría otra. Y así, otra, y así, fotocopias de fotocopias, hasta que el otrora inmaculado original se viera degradado a esa calidad de impreso que uno ve cuando, en algún subte, le llega un papelito con la siguiente frase: “Soy sordo. Necesito alimentar a mis 114 hermanitos y mis 18 padres. Ayúdeme con lo que tenga”, donde todos los caracteres se ven ciertamente destruidos y casi ilegibles.
¿Saben? ARGENTINA ES EL PAIS CON MAYOR CANTIDAD DE SORDOS POR METRO CUADRADO DEL MUNDO.


Lo que he escrito hasta ahora podría no tener el menor sentido, pero créanme que empieza a tenerlo, luego de que uno llega a la degradante experiencia de escuchar “Standing on the shoulder of giants”, la peor mucosidad en la carrera de los archiladrones de guantes blancos, los belicosos hermanitos Liam y Noel Gallagher.
Ahí empieza uno a entender cómo la producción de Oasis se ha ido degradando, de unos innovadores y brillantes “Definitely maybe” y “(What’s the story) Morning glory”, hasta este álbum, que tiene menos valor que el montón de pelos que se acumula en la rejilla de desagote de la ducha del vestuario de un club de fútbol del Torneo Argentino B. Cabe, entonces, aclarar que todo lo que vino después fue más de lo mismo, o sea, malas fotocopias.
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Este disco es una desgracia para ese castigado y poco respetado género llamado 'britpop', además de una sucesión de canciones aburridas y faltas de inspiración, donde la sangre escasea y sobra el pus. El álbum que vio la deserción de dos miembros originales y que contempló la agonía insuperable de la decadencia sin retroceso, cuando la pluma de Noel Gallagher, ya sin tinta, daba rienda suelta a la aún más seca del monstruo arrogante de su hermano Liam, quien aprovechaba la ocasión para escribir su primera aberración para un disco de Oasis: “Little James” (alias “A very bad Hey Jude version”).
“Fucking in the bushes” es una buena tonada, bien up-tempo, que presagiaría un buen disco, de no ser que, de ahí en más, todo habrá de seguir cuesta abajo, peligrosamente, en ángulo recto. “Go let it out!” contiene una de las letras más ridículas jamás escritas, amén de un estribillo eterno, donde la remanida y falsa fórmula de gancho neo-psicodélico pide a gritos un pronto final para el bien de todos los oídos.
“Who feels love?” es un malvado tributo a cualquier canción beatle del período tardío, que se agrava por la falsedad y petulancia allí demostradas. “I can see a liar” (¡Liar! ¿Noel?) y “Put yer money where yer mouth is” (¿Liam?) tratan desesperadamente de alcanzar los picos creativos de “Morning glory” (en el lenguaje popular se denomina así a la erección matinal), pero sólo se trata de riffs incoloros carentes de toda melodía atractiva, donde los efectos usados -impropios de esta banda- hacen lo imposible para enmantecar tanto bizcochuelo tontamente echado a perder.
De las diez canciones que figuran en el álbum, Liam sólo canta siete, dejándole al opiante Noel el rol de vocalista de la -una vez más- mala fotocopia de Neil Young “Where did it all go wrong?”, que podría haber sido un título mucho más sincero para esta obra del mal, que aquel fanfarrón con el que finalmente se editó. La otra es “Sunday morning call”, otra intrascendencia que empata en vulgaridad con “Roll it over”. Por suerte, “Gas panic!” es la excepción a toda esta regla, siendo una canción apenas más digna que el resto.
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Y uno seguirá discurriendo acerca de la base del éxito de los ya separados Oasis, que no fue más que continuar apisonando con toneladas de mediocridad los poco sorprendentes y mezquinos años 2000, pues las peleas entre hermanos ya no daban resultado y los containers de excremento que éstos arrojaron a las demás bandas contemporáneas ya no surtían el menor efecto en la prensa. Alguna vez alguien me dijo que la fórmula de estos señores era: cliché beatle + distorsión = Oasis, y yo le hice una mueca. Hoy le hubiese hecho una cara más neutral, tirando a sonrisita cómplice.
¡Viva Blur! Una banda que jamás osará pretender el legado beatle, por lo que jamás estará en este blog.
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Síntesis: Si amás este disco puede que tengas la ilusión de estar parado sobre el hombro de los gigantes, aunque en realidad te veas patéticamente aplastado por el dedo gordo del pie de un enano.
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Cuando una tostada se cae de la mesa, siempre aterriza del lado del dulce, pero la sensación que nos queda es diez veces menos irritante que ver a los hermanos Gallagher robar a los Beatles, a Syd Barrett y a The Beta Band, por enésima vez.



OTRO EJEMPLAR DEL MISMO TENOR: "Heathen chemistry" (2002).
ANTIDOTO: "(What's the story) Morning glory" (1995).

7/1/08

AC/DC - Ballbreaker


Antes de mi inevitable empalamiento (o beatificación) a causa de esta nota, quiero anunciar al mundo mi plena devoción por Bon Scott. Ya han pasado 30 años desde su trágica pérdida y aún no logro sobreponerme a ella. Considero que todos los álbumes de AC/DC correspondientes a esa etapa son absolutas joyas del mejor boogie-blues-hard-rock jamás concebido en la historia.
Cuando en 1980 los hermanitos Young decidieron la entrada del paladín de la anti-onda, el verdulero escocés coleccionista de gorras de jubilado Brian Johnson (ex-Geordie, banda horrible si las hay), en reemplazo de Scott, dije: “Por Dios, ¿y éste leñador quién es?”. Pero, bueno, reconozco que hubo que sacar un conejo de la galera para continuar la carrera de la banda. Pero, ¿fue así realmente? Pues ningún conejo salió, mas sí un orangután.
Y el grupo siguió por muchos años más, y hoy hay muchos 'pergolinistas' que insisten en reivindicar a “Baretta” Johnson como ícono del combo australiano, queriendo enterrar con su ignorancia y fundamentalismo fascista pseudo-rockero al grande inalcanzable de Bon. Inalcanzable, dije. Vean, si no, los antiguos shows de la banda. Bon era el único que le disputaba el protagonismo escénico a Angus. Nada de eso volvería a ocurrir después. Por otro lado, fíjense bien cómo está conformado el listing de los shows actuales de AC/DC. Más de la mitad del repertorio son temas de la “era Scott”. ¿Por qué será?
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Justo es decir que el disco debut de Brian -me refiero a “Back in black”- es una gema de aquellas. Sin embargo, los temas fueron concebidos originalmente por Bon, a pesar de que las pistas grabadas fueron borradas tras su muerte. De ahí en más, la poderosa nave eléctrica comenzó a hundirse artísticamente hasta alcanzar, en algunos casos, la total desazón (“Fly on the wall”), todo ello, mediante una fórmula adversa indiscutible: incesantes y repetitivos riffs, arreglos poco ingeniosos, escasa variedad y coros sempiternos, coronados por esa voz de Johnson, más quemada que cenicero de bingo, cuya imagen escénica siempre me fue desagradable.
Créanme que me tomo el trabajo de escuchar todos esos discos del período 1981-2000. Al menos lo intento, pero… ¡No puedo pasar nunca de la mitad! ¡Me aburro a mares como la Fragata Sarmiento! E inevitablemente vuelvo a escuchar con éxtasis total –siempre como la primera vez- las maravillas reunidas en obras cumbre como el fundacional “High voltage”, el chiflado “Dirty deeds done dirt cheap”, el hiper crudo “Let there be rock” (para mí, el mejor), el injustamente subvaluado “Powerage”, y los himnos pop “Highway to hell” y “Back in black”.
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La decadencia artística del grupo tocó su más bajo fondo en 1995, con el álbum “Ballbreaker”, que es mi bodrio escogido para esta ocasión.
Se supone que era el disco que llevaría a la banda “de regreso a sus fuentes”, pero puedo afirmar que el resultado es más inadecuado que ataúd con calcos. Las canciones son más lentas que Mariana De Melo calculando un logaritmo y las guitarras responden a la insistente directiva de “eterna máquina de fabricar tres acordes”, siendo más aburridas que choque frontal de tortugas.
Brian Johnson -cuya voz a esa altura ya no daba más- parece una mezcla de sucia licuadora de copetín al paso y desfile de mulitas embriagadas con cloroformo. Un disco que dura algo más de 49… ¿minutos? No. ¡Días!
De nada sirvió el regreso de Phil Rudd a la formación que lo viera debutar como baterista, pues esta obra naufraga continuamente en un dechado de defectos artísticos, y da la impresión como que éste nunca volvió. Ni él, ni el buen rock de antaño.

¿No tenés nada que hacer un domingo por la tarde? No dediques tu preciado tiempo a exprimir jugo de un álbum que es más seco que cantimplora de talibán y cuya tapa es por demás de macho-sciome-egomaníaca.
Podrías pensar en cosas más productivas, como hacerle el amor a tu perro o echarle ácido muriático a la pecera. O bien, bajarte “Black ice”, donde todo vuelve a sonreír otra vez.
Hace mucho calor, pero no tengo ganas de ir a la piscina. La verdad es que este “Ballbreaker” me dejó catatónico. Busco y busco melancólicamente alguna margarita que pueda haber florecido caprichosamente en este chiquero. Nada más encuentro dos. Tal es el caso de este disco, donde se salvan sólo dos temas: “Hard as a rock”, que devuelve cierta energía de los primeros 80’s de la banda, y “The furor”, cuyos arreglos de viola son inesperadamente sorprendentes. Todo lo demás hace agua (ver “Cover you in oil” o “Hail Caesar”) y el más absoluto honor al título del CD: “ROMPEBOLAS”, nada menos.
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Síntesis: Si tenés este disco sólo por el hecho de completar la colección de AC/DC, vos podrías ser seguidor de Eduardo Galeano. Si tenés este disco porque te dijeron que es “tan bueno” como “Blow up your video”, tal vez seas devoto de Eduardo Duhalde. Pero si tenés este disco por absoluto amor al mismo, vos sos fanático de Eduardo De La Puente.
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"Las ideas no se matan", decía Domingo Sarmiento,
pero en "Cover you in oil" se fueron con el viento.
Con tristeza y vencimiento, de oro negro y puro yeite,
con pereza y hundimiento, sin reintegro y sin deleite.


OTROS EJEMPLARES DEL MISMO TENOR: "Fly on the wall" (1985) ó "Blow up your video" (1988).
ANTIDOTO: "Let there be rock" (1977).