
Recuerdo que alguien me prestó cierta vez un escrito original impreso desde un archivo de Word. Hablaba de la historia de Noel Thomas, un granjero de la zona central de Inglaterra, a quien se le había ocurrido la excentricidad de agregar leche a las cenizas provenientes de la cremación del cuerpo de su padre, John Winston. Afirmaba que con el brebaje logrado podía alcanzar la más pura sensación de inmortalidad.
Verdaderamente esa historia era por demás de imbécil, pero por alguna razón me imaginé haciendo una fotocopia para regalársela a algún pobre desprevenido, sabiendo que éste haría otra. Y así, otra, y así, fotocopias de fotocopias, hasta que el otrora inmaculado original se viera degradado a esa calidad de impreso que uno ve cuando, en algún subte, le llega un papelito con la siguiente frase: “Soy sordo. Necesito alimentar a mis 114 hermanitos y mis 18 padres. Ayúdeme con lo que tenga”, donde todos los caracteres se ven ciertamente destruidos y casi ilegibles.
¿Saben? ARGENTINA ES EL PAIS CON MAYOR CANTIDAD DE SORDOS POR METRO CUADRADO DEL MUNDO.
Lo que he escrito hasta ahora podría no tener el menor sentido, pero créanme que empieza a tenerlo, luego de que uno llega a la degradante experiencia de escuchar “Standing on the shoulder of giants”, la peor mucosidad en la carrera de los archiladrones de guantes blancos, los belicosos hermanitos Liam y Noel Gallagher.
Ahí empieza uno a entender cómo la producción de Oasis se ha ido degradando, de unos innovadores y brillantes “Definitely maybe” y “(What’s the story) Morning glory”, hasta este álbum, que tiene menos valor que el montón de pelos que se acumula en la rejilla de desagote de la ducha del vestuario de un club de fútbol del Torneo Argentino B. Cabe, entonces, aclarar que todo lo que vino después fue más de lo mismo, o sea, malas fotocopias.
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Este disco es una desgracia para ese castigado y poco respetado género llamado 'britpop', además de una sucesión de canciones aburridas y faltas de inspiración, donde la sangre escasea y sobra el pus. El álbum que vio la deserción de dos miembros originales y que contempló la agonía insuperable de la decadencia sin retroceso, cuando la pluma de Noel Gallagher, ya sin tinta, daba rienda suelta a la aún más seca del monstruo arrogante de su hermano Liam, quien aprovechaba la ocasión para escribir su primera aberración para un disco de Oasis: “Little James” (alias “A very bad Hey Jude version”).
“Fucking in the bushes” es una buena tonada, bien up-tempo, que presagiaría un buen disco, de no ser que, de ahí en más, todo habrá de seguir cuesta abajo, peligrosamente, en ángulo recto. “Go let it out!” contiene una de las letras más ridículas jamás escritas, amén de un estribillo eterno, donde la remanida y falsa fórmula de gancho neo-psicodélico pide a gritos un pronto final para el bien de todos los oídos.
“Who feels love?” es un malvado tributo a cualquier canción beatle del período tardío, que se agrava por la falsedad y petulancia allí demostradas. “I can see a liar” (¡Liar! ¿Noel?) y “Put yer money where yer mouth is” (¿Liam?) tratan desesperadamente de alcanzar los picos creativos de “Morning glory” (en el lenguaje popular se denomina así a la erección matinal), pero sólo se trata de riffs incoloros carentes de toda melodía atractiva, donde los efectos usados -impropios de esta banda- hacen lo imposible para enmantecar tanto bizcochuelo tontamente echado a perder.
De las diez canciones que figuran en el álbum, Liam sólo canta siete, dejándole al opiante Noel el rol de vocalista de la -una vez más- mala fotocopia de Neil Young “Where did it all go wrong?”, que podría haber sido un título mucho más sincero para esta obra del mal, que aquel fanfarrón con el que finalmente se editó. La otra es “Sunday morning call”, otra intrascendencia que empata en vulgaridad con “Roll it over”. Por suerte, “Gas panic!” es la excepción a toda esta regla, siendo una canción apenas más digna que el resto.
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Y uno seguirá discurriendo acerca de la base del éxito de los ya separados Oasis, que no fue más que continuar apisonando con toneladas de mediocridad los poco sorprendentes y mezquinos años 2000, pues las peleas entre hermanos ya no daban resultado y los containers de excremento que éstos arrojaron a las demás bandas contemporáneas ya no surtían el menor efecto en la prensa. Alguna vez alguien me dijo que la fórmula de estos señores era: cliché beatle + distorsión = Oasis, y yo le hice una mueca. Hoy le hubiese hecho una cara más neutral, tirando a sonrisita cómplice.
¡Viva Blur! Una banda que jamás osará pretender el legado beatle, por lo que jamás estará en este blog.
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Síntesis: Si amás este disco puede que tengas la ilusión de estar parado sobre el hombro de los gigantes, aunque en realidad te veas patéticamente aplastado por el dedo gordo del pie de un enano.
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Cuando una tostada se cae de la mesa, siempre aterriza del lado del dulce, pero la sensación que nos queda es diez veces menos irritante que ver a los hermanos Gallagher robar a los Beatles, a Syd Barrett y a The Beta Band, por enésima vez.
OTRO EJEMPLAR DEL MISMO TENOR: "Heathen chemistry" (2002).
ANTIDOTO: "(What's the story) Morning glory" (1995).




