
Vísperas de la Navidad de 1963, en Concordia, Provincia de Entre Ríos. Waldo se había casado con Atenea, su amor de secundaria, y gozaba de una existencia próspera y plena. Todas las noches, al regresar del trabajo, cenaban juntos lo que ella había preparado con notorio esmero. Jamás faltaban flores para su linda esposa y ella nunca escatimaba esfuerzos en satisfacer a su marido, prodigándole todo tipo de atenciones y mimos, cimentando así una rutina agradable que transcurría entre besos, piropos, algún leve descaro, insinuaciones y el cumplimiento siempre placentero de sus deberes maritales.
Waldo amaba la buena música de su época y había tomado por costumbre sorprender a su cónyuge con un bello long-play cada fin de semana, pese a que Atenea no era precisamente una fanática de la melomanía, no obstante, sobrellevar el momento de la mejor manera. “¿Cuánto puede durar un LP? ¿35 minutos?”, decía ella siempre, medio en broma, pero cuidándose de no herir la sensibilidad de su marido.
Waldo se desvivía por introducir a su mujer en el disfrute musical, y para ello se dejaba asesorar por Osvaldo Marchesini, el erudito dueño de una disquería del centro de la ciudad, adonde Waldo iba en busca de novedades de música popular. Don Osvaldo le recomendaba éste o aquel disco que Waldo se hacía envolver sin titubear. Así pasaron por el domicilio del matrimonio las Ronettes, Lee Hazlewood, Nat King Cole, Solomon Burke, Johnny Cash, The Ventures, Roy Orbison, Bill Cosby y otros astros del firmamento pop, que deleitaban el alma de Waldo y conformaban, por así decirlo, los piecitos danzantes de Atenea. Ésta, mucho más afecta a las novelas históricas, hacía ver a su esposo como que estaba pasando un momento delicioso, cuando en realidad… ejem… a decir verdad, tampoco era que estaba padeciendo frente a la Inquisición.
Cierto día, Waldo, creyéndose ya más versado en el asunto, pasó por la tienda de discos indagando sobre el sello Tamla Motown (emblema del soul y el rhythm & blues), a lo que Don Osvaldo le sugirió llevarse “That stubborn kinda fellow”, de Marvin Gaye, una joven promesa negra de la citada discográfica. No convencido, Waldo preguntó por otro álbum que se hallaba semioculto detrás de un tocadiscos en desuso. “No, no, ése es para devolución”, le comentó Marchesini, “pues nadie lo quiere”. Waldo, luciendo cierta picardía en el rostro, pidió que se lo entregara igual, aduciendo: “Que el veredicto lo dé mi mujer. Envuélvalo, pero para regalo de Navidad”.
De regreso a casa en taxi, Waldo recordaba la reiterada frase de Atenea, “¿cuánto puede durar un LP? ¿35 minutos?”, riéndose para sus adentros, mientras le echaba una ojeada al flamante disco adquirido. Lo que no imaginó es que serían los 35 minutos más escalofriantes de su vida. Casi finalizando el lado B del álbum “With a song in my heart”, de Stevie Wonder, Atenea sufrió una metamorfosis que transformó su perpetuo rostro resignado en otro de alarmante aspecto sicótico. Se levantó del sofá, arrancó el LP de la bandeja giradiscos y con éste en mano, comenzó a destrozar cuanto plato, cuadro, espejo y adorno encontró a su paso. Más tarde, golpeó a su marido con un atizador hasta que el pobre, como pudo, salió de la casa arrastrándose del dolor.
Waldo y Atenea fueron el primer matrimonio separado en la historia de Concordia. Habían estado juntos por… ¡siete meses!
Esta historia es ficticia pero sus consecuencias no están lejos de lo que realmente podría ocurrir si uno no toma en serio los efectos que desencadena este vinilo.
Este disco es más aburrido que una partida de ajedrez por radio y más inaudito que una licenciada en trabajo social de derecha. Stevie, el genio del soul que el mundo admiraría años más tarde por gemas como “Songs in the key of life” o “Innervisions”, tenía sólo 13 años cuando se editó este despropósito. Berry Gordy, presidente de Tamla Motown, le hizo cantar, al mejor estilo “crooner”, standards de swing y smooth-jazz con orquesta sinfónica, lo que le quedó al novel artista más desubicado que morrón en clericó, máxime cuando éste estaba en plena etapa de cambiar la voz. Hay momentos que producen angustia cuando Wonder intenta alcanzar notas muy altas, pareciéndose demasiado a una Doris Day con gripe aviar. Esto se hace evidente en números como “Make someone happy” o “Dream”, siendo “With a song in my heart”, la única excepción en la que el intérprete no hace el ridículo. En suma, un error garrafal en materia de sentido común.
Cuenta un viejo chiste de la época que reunir a Stevie Wonder y Ray Charles para un concierto de piano a cuatro manos sería un riesgo enorme, pues el primero mueve su cabeza lateralmente y el segundo, asintiendo. Podría haber un choque de cráneos monumental y el recital acabaría en catástrofe.
n
Epílogo: No intentes agasajar a tu pareja con este álbum, porque tendrías que abandonar tu casa, no “con una canción en el corazón”, sino con un horrendo disco en el traste.
g
Y sigo comparando. Este disco tiene menos onda que bandera de chapa y es más inservible que asiento eyector de helícóptero. Y el intérprete, que posee menos visión que un muerto boca abajo, nos regala esta abominación, más pesada que muestrario de yunques y más seca que toalla de sacerdote azteca.



























