
Desde muy pequeño, Jaime amaba jugar con camioncitos. Se pasaba todo el tiempo imitando los ruidos de los motores de cuanto vehículo le era regalado. Su padre, un prominente médico de Buenos Aires, veía con ojos suspicaces la conducta de su hijo, a quien, casi a diario, inquiría con comentarios hirientes del tipo: “Jaime, algún día vas a tirar a la mierda esos chiches y te vas a convertir en doctor, como yo”, a lo que Jaime contestaba invariablemente: “No, papá, voy a ser camionero.”
Jaime hizo de todo en su pubertad, desde vender revistas viejas hasta cortar el pasto, a fin de juntar dinero para una camioneta. Guardaba lo recaudado en un recoveco secreto de su habitación y, finalmente, tras varios años de sacrificio de no comer ni una golosina, juntó el capital suficiente para comprarse un pequeño utilitario desvencijado con el que inició sus primeros repartos.
A la par de esto, su tío le regalaba para su 18º cumpleaños un álbum de una nueva banda prometedora que, dada su afinidad con el sonido típico del mundo del transporte, lo cautivó de inmediato. El disco era “Piledriver” y el conjunto era Status Quo, máximo exponente del boogie-rock. Jaime se hizo seguidor religioso de esta leyenda, al punto de no querer escuchar otra cosa y estar enterado al dedillo de todos sus lanzamientos.
“Ya sé que son grasas, papá, pero tienen algo. ¿Sabés qué es? Que son ingleses, y hasta para hacer música de camioneros son finos.” Por supuesto que el padre oía todo esto como si proviniese de un altavoz del mismísimo Infierno, indignado por la cada vez más acentuada vocación de su hijo.
A los 32 años de Jaime, los Quo ya habían editado unos cuantos discos, muchos de ellos notables, y que nuestro protagonista atesoraba en formato de cassette -o magazine- en su flamante camión Deutz: “Ma Kelly's greasy spoon”, “Dog of two head”, el citado “Piledriver”, ”Quo”, y los notables “On the level” y “Blue for you”. Los sonidos de un poderoso autoestéreo plateado retumbaban en la cabina y Jaime meneaba sus largos cabellos rubios, fascinado por los grandes hitos del grupo de Francis Rossi y Rick Parfitt. Mas no todo eran rosas, claro, ya que la banda también había editado mezquindades, tales como “In the army now”, “Ain’t complaining” o “Don’t stop”, pero Jaime hacía la vista gorda y seguía cantando lo poco que de esos discos se podía rescatar. El camión devoraba kilómetros de carreteras, mientras los pueblitos del Interior se sucedían y las melodías se intercalaban sin cesar, entonadas por Jaime, siempre con la frescura de la primera vez.
A esta altura, ya estaba más que claro que Jaime nunca sería médico, como su padre lo soñaba. En vez de eso, progresaba manifiestamente con su oficio y se lo veía por todos los pueblos de la Argentina, luciendo su Scania ‘R’, el armatoste insignia de una flota propia de 23 vehículos, uno por cada álbum de Status Quo editado.
“¿Cómo andás, Jaime querido?”
“Llámeme Jimmy, señora.”
“Sí, claro, es que nunca me acostumbro.”
“Porque Ud. no conoce los códigos del rock.”
Sin embargo, nada está destinado a perdurar para siempre. A pesar de disfrutar de una existencia plena, nadie imaginó que Jaime sufriría el gran impacto de su vida, suceso del que jamás lograría recuperarse. En 2000, Status Quo publicaba su apocalíptico “Famous in the last century”, un nuevo álbum de covers, más feo todavía que “Don’t stop” y más ordinario que canapé de polenta.
Los estropajos musicales se sucedían y Jaime no salía de su asombro. Versiones repelentes de clásicos de los Everly Brothers, Chuck Berry, Buddy Holly, Little Richard, Robert Johnson y Elvis -entre otros-, hechas con el mayor desgano del que se tenga memoria, todo debido a una supuesta obligación contractual ineludible, pero que, sumada a una total ausencia de boogie, dieron forma a un bochorno de proporciones épicas.
A raíz de esto, Jaime cayó en una aguda depresión y su vida se derrumbó. Tenía 46 abriles cuando realizó un último viaje a Buenos Aires para estacionar su camión en una agencia de usados. Entregó las llaves y se dirigió a pie a la Facultad de Medicina, donde se inscribió. Cursó la carrera en tiempo récord: 4 años. Entregó el título de médico a su anciano padre, quien no cabía en el cuerpo de la felicidad. Lo abrazó y besó sin dejar de notar que Jaime no movía un solo músculo facial. ¡Qué importaba! El cometido había sido logrado.
.
Jaime hizo de todo en su pubertad, desde vender revistas viejas hasta cortar el pasto, a fin de juntar dinero para una camioneta. Guardaba lo recaudado en un recoveco secreto de su habitación y, finalmente, tras varios años de sacrificio de no comer ni una golosina, juntó el capital suficiente para comprarse un pequeño utilitario desvencijado con el que inició sus primeros repartos.
A la par de esto, su tío le regalaba para su 18º cumpleaños un álbum de una nueva banda prometedora que, dada su afinidad con el sonido típico del mundo del transporte, lo cautivó de inmediato. El disco era “Piledriver” y el conjunto era Status Quo, máximo exponente del boogie-rock. Jaime se hizo seguidor religioso de esta leyenda, al punto de no querer escuchar otra cosa y estar enterado al dedillo de todos sus lanzamientos.
“Ya sé que son grasas, papá, pero tienen algo. ¿Sabés qué es? Que son ingleses, y hasta para hacer música de camioneros son finos.” Por supuesto que el padre oía todo esto como si proviniese de un altavoz del mismísimo Infierno, indignado por la cada vez más acentuada vocación de su hijo.
A los 32 años de Jaime, los Quo ya habían editado unos cuantos discos, muchos de ellos notables, y que nuestro protagonista atesoraba en formato de cassette -o magazine- en su flamante camión Deutz: “Ma Kelly's greasy spoon”, “Dog of two head”, el citado “Piledriver”, ”Quo”, y los notables “On the level” y “Blue for you”. Los sonidos de un poderoso autoestéreo plateado retumbaban en la cabina y Jaime meneaba sus largos cabellos rubios, fascinado por los grandes hitos del grupo de Francis Rossi y Rick Parfitt. Mas no todo eran rosas, claro, ya que la banda también había editado mezquindades, tales como “In the army now”, “Ain’t complaining” o “Don’t stop”, pero Jaime hacía la vista gorda y seguía cantando lo poco que de esos discos se podía rescatar. El camión devoraba kilómetros de carreteras, mientras los pueblitos del Interior se sucedían y las melodías se intercalaban sin cesar, entonadas por Jaime, siempre con la frescura de la primera vez.
A esta altura, ya estaba más que claro que Jaime nunca sería médico, como su padre lo soñaba. En vez de eso, progresaba manifiestamente con su oficio y se lo veía por todos los pueblos de la Argentina, luciendo su Scania ‘R’, el armatoste insignia de una flota propia de 23 vehículos, uno por cada álbum de Status Quo editado.
“¿Cómo andás, Jaime querido?”
“Llámeme Jimmy, señora.”
“Sí, claro, es que nunca me acostumbro.”
“Porque Ud. no conoce los códigos del rock.”
Sin embargo, nada está destinado a perdurar para siempre. A pesar de disfrutar de una existencia plena, nadie imaginó que Jaime sufriría el gran impacto de su vida, suceso del que jamás lograría recuperarse. En 2000, Status Quo publicaba su apocalíptico “Famous in the last century”, un nuevo álbum de covers, más feo todavía que “Don’t stop” y más ordinario que canapé de polenta.
Los estropajos musicales se sucedían y Jaime no salía de su asombro. Versiones repelentes de clásicos de los Everly Brothers, Chuck Berry, Buddy Holly, Little Richard, Robert Johnson y Elvis -entre otros-, hechas con el mayor desgano del que se tenga memoria, todo debido a una supuesta obligación contractual ineludible, pero que, sumada a una total ausencia de boogie, dieron forma a un bochorno de proporciones épicas.
A raíz de esto, Jaime cayó en una aguda depresión y su vida se derrumbó. Tenía 46 abriles cuando realizó un último viaje a Buenos Aires para estacionar su camión en una agencia de usados. Entregó las llaves y se dirigió a pie a la Facultad de Medicina, donde se inscribió. Cursó la carrera en tiempo récord: 4 años. Entregó el título de médico a su anciano padre, quien no cabía en el cuerpo de la felicidad. Lo abrazó y besó sin dejar de notar que Jaime no movía un solo músculo facial. ¡Qué importaba! El cometido había sido logrado.
.
En los años siguientes, Jaime ejerció la medicina sin chistar y no volvió a escuchar a su banda favorita, ni a sonreír siquiera. Más aún, aprendió a odiar el rock con inédito fervor. Había satisfecho los deseos de su padre pero se había transformado en el ser más amargo y antipático del conurbano.
Cierta vez, cuando viajó a Mendoza con motivo de un importante simposio médico, alguien lo reconoció en la calle.
“¿Cómo andás, Jimmy querido?”
“Llámeme Jaime, señora.”
“Sí, claro, es que no me acostumbro.”
“Porque Ud. no conoce los códigos del jazz.”
Cierta vez, cuando viajó a Mendoza con motivo de un importante simposio médico, alguien lo reconoció en la calle.
“¿Cómo andás, Jimmy querido?”
“Llámeme Jaime, señora.”
“Sí, claro, es que no me acostumbro.”
“Porque Ud. no conoce los códigos del jazz.”
g
"Good golly, Miss Molly", por Status Quo, en vivo en la pizzería "Los Inmortales". Bueno, ahora en serio. Este tipo de muestras de involución hacen que, al lado suyo, tipos como Hijos Del Oeste parezcan TV On The Radio y Toti Iglesias el maestro de música de La Monte Young.
OTROS EJEMPLARES DEL MISMO TENOR: "Back to back" (1983), "In the army now" (1986), "Ain't complaining" (1988) ó "Perfect remedy" (1989).
ANTIDOTO: "Dog of two head" (1971).





